Con seis mil años de historia, el aceite de oliva tiene el honor de ser uno de los conservantes alimentarios más usados y apreciados entre los pueblos mediterráneos. Las propiedades y beneficios de este «oro líquido» explican sus muchas aplicaciones, una de las cuales es la preservación de pescados y otros alimentos. No sorprende, pues, que este aceite vegetal esté tan presente en la industria conservera: lata de anchoas del Cantábrico, conserva atún aceite oliva pack 3, etcétera.

Para entender este beneficio, es preciso explicar la importancia de la capa hidrofóbica en la conservación de alimentos. Esta barrera física permite aislar el producto del oxígeno y los microorganismos. El aceite de oliva demuestra ser un excelente conservante natural porque crea esta capa de forma natural. Por supuesto, también ayuda su riqueza en polifenoles y vitamina E, de consabidas cualidades antioxidantes.

La salubridad está garantizada cuando se opta por el aceite de oliva como agente de conservación. Los patógenos y bacterias que echan a perder carnes, mariscos y pescados, no tienen forma de acceder al alimento gracias al sellado que favorece.

Del punto anterior, se deduce que el uso de este aceite vegetal permite salvaguardar mejor los nutrientes esenciales. En particular, los ácidos grasos Omega-3, el selenio o las vitaminas hidrosolubles son vulnerables al paso del tiempo, por lo que su aporte se reduciría sin el empleo de conservantes como este derivado de la aceituna.

Gracias al aceite de oliva, no hay por qué renunciar a la frescura característica de los alimentos de temporada. Su aroma, color y gusto se mantienen casi intactos cuando el producto se envasa en AOVE y otros extractos similares.

De hecho, este ingrediente tan versátil potencia el sabor de ciertos alimentos y contribuye a elevar el perfil nutricional de, por ejemplo, el atún, la caballa, el pollo, las anchoas o la perdiz.