Hablar de los aparcamientos Lavacolla es, para mí, hablar de muchas despedidas y regresos. Vivo relativamente cerca y he pasado por esta zona más veces de las que recuerdo, casi siempre con prisas, con una maleta en el maletero y la cabeza ya medio puesta en otro sitio. Con el tiempo, he aprendido que el tema del aparcamiento en Lavacolla no es un detalle menor, sino una parte importante de toda la experiencia de ir o venir del aeropuerto de Santiago.

La primera vez que aparqué allí fui con cierta inseguridad. No conocía bien la zona y me preocupaba llegar tarde o no encontrar sitio. Lavacolla tiene ese aire de lugar funcional, pensado para el tránsito constante de personas que van y vienen, y los aparcamientos reflejan perfectamente eso. Hay opciones para estancias cortas, para dejar el coche varios días y para quienes solo van a recoger a alguien. Con el uso, uno acaba diferenciándolos casi de memoria.

Con los años he probado distintos aparcamientos, tanto los más próximos a la terminal como otros un poco más alejados. Cada uno tiene su lógica y su momento. Cuando voy con el tiempo justo, valoro muchísimo poder dejar el coche cerca y entrar caminando en pocos minutos. En cambio, si el viaje es largo, no me importa aparcar algo más lejos a cambio de un precio más razonable. Al final, aparcar en Lavacolla es un pequeño ejercicio de equilibrio entre comodidad y presupuesto.

Lo que siempre me llama la atención es el movimiento constante. Da igual la hora: temprano por la mañana, a media tarde o de noche, los aparcamientos están llenos de coches que cuentan historias silenciosas. Cada uno pertenece a alguien que se va por trabajo, por vacaciones, por necesidad o por ganas de cambiar de aire. Aparcar allí me hace consciente de que formo parte de ese flujo continuo de gente que entra y sale.

También he notado cómo ha ido cambiando la zona con el tiempo. Mejor señalización, accesos más claros y una sensación general de que todo está pensado para que el tránsito sea lo más ágil posible. Aun así, no dejo de sentir ese pequeño alivio cuando apago el motor y confirmo que todo ha ido bien. El coche queda atrás, guardado, mientras yo sigo mi camino.

Cuando regreso y vuelvo a Lavacolla, los aparcamientos adquieren otro significado. Ya no representan el inicio del viaje, sino el final. Caminar hacia el coche, cargar la maleta y sentarme al volante es el momento en el que todo vuelve a la normalidad. Para mí, los aparcamientos en Lavacolla no son solo un lugar donde dejar el coche: son una frontera discreta entre la rutina y el viaje, entre el irse y el volver.