El ritual de despertar y dar cuerda al reloj de pulsera no es una imagen del pasado. Los calibres de cuerda manual están de plena actualidad, como evidencia el éxito del omega speedmaster, el Rolex Cellini Prince o el Patek Philippe Calatrava. Estos relojes sobreviven en el segmento del lujo porque sus clientes valoran la artesanía y la pureza y complejidad del mecanismo. Dar veinte o cuarenta vueltas a su Omega es, para estos consumidores, el placer de cada mañana.
Aparte del gusto personal, existen argumentos serios para invertir en un calibre manual, como un mantenimiento menos costoso e intrincado. El movimiento automático supone dar la bienvenida al rotor, el disco de embrague o una serie de engranajes adicionales, que deben revisarse y lubricarse periódicamente. En general, la mecánica del reloj manual es más simple y directa.
Aunque los calibres de carga manual pueden averiarse sin los cuidados adecuados, el número de fallas posibles del reloj automático es mayor, precisamente debido a la mayor cantidad de piezas móviles (rotor, rodamientos, etcétera). Como resultado, la durabilidad de un Rolex o un Omega de movimiento manual es superior, en términos generales.
El hábito de dar cuerda al reloj hace al propietario partícipe de su funcionamiento, estableciendo entre ambos —el hombre y la máquina— una conexión más estrecha. En una época marcada por la frialdad digital y los productos de usar y tirar, la sensación de «cuidar» de un mecanismo artesanal, de mantener vivo su tictac forma parte de la experiencia de poseer este tipo de calibre.
Estéticamente, los movimientos de carga manual presentan una arquitectura más bella, ordenada y simétrica, sin que el rotor u otras piezas necesarias en los calibres automáticos se interpongan en la visión del «latido» del reloj. Este detalle, irrelevante para el consumidor de a pie, explica el encanto de la relojería tradicional.